Nadie merece ser secuestrado.

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¿Qué debe de hacer tu familia, cuando alguien que admiras, quieres o amas, está secuestrado?

Fue lo que me preguntó a manera de reclamó, Sofía,  una de las primeras víctimas de plagio que entreviste en los años 90s. Entonces, México estaba secuestrado.

Habló durante tres horas sin que pudiera interrumpir. Escuché tres horas sus llantos, sus risas, sus oraciones y maldiciones, al final la abracé –creo- durante   otras tres horas con las mimas miles de lagrimas que ella llovía. Ahora que lo vuelvo a recordar parece que los años no transcurrieron.

Después de llorar juntos,  ella secó las lagrimas de mis mejillas, sonrió con una ternura que solo una madre hace después de un largo viaje.

 “Ya regresé y tengo que recuperarme”, recuerdo que me dijo con una voz tierna, pausada, con esperanza, pero también con un dolor que olía.

Las siguientes semanas no  pude dormir por las noches,  recordando el sonido de cada lagrima que expulsó. Reconstruía inconscientemente lo que ella vivió durante su cautiverio, su tormento, los castigos, quizá las violaciones. No es fácil, pensaba, recuperarse de canallas, que por alguna circunstancia no entendible se cruzaron por su camino.

En aquellos años también escuche la voz de los secuestradores. No lo hice para entenderlos pero los escuche. Me dijeron que en los grupos  de secuestradores hay de todo. El maldito que todo lo quiere negociar a balas y con cortes de dedos y orejas, el frío que no dice nada pero de un solo movimiento,  sin duda, mata para evitar rastros de sus fechorías.  O el sentimental que atiende a la secuestrada hasta porque está menstruando. Como sea no se explican estas conductas.

Por eso ahora que se conoce el posible secuestro  del exrector Alejandro Vera y su esposa María Elena Ávila, los dos investigadores de la UAEM, no puedo evitar pensar en lo que vivió Sofía.

Lo que viven las víctimas directas e indirectas es inenarrable, son muertos vivientes que han sido traumatizados, la mayoría, de por vida. Por eso nadie merece eso, nadie. Por eso, cuando escucho expresiones en su contra, pienso en que eso revictimiza, no ayuda a construir lo que todos demandamos: un clima de paz. Nadie merece ser secuestrado.